Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén

Perseguir la quimera de la perfección ha llevado al exterminio de millones de personas, como en el caso del holocausto judío, estudiado en profundidad por la filósofa alemana Hannah Arendt.

Tras el juicio que se realizó contra Ádolf Eichmann, teniente coronel de las SS, la prensa habló de él como un monstruo sin escrúpulos, que había mandado a la muerte a miles de personas al firmar las órdenes de ejecución. Lo que Arendt pretende mostrar en su obra Eichmann en Jerusalén (1963) es que lo peor de la figura de Eichmann es que no es ningún monstruo, es un hombre de familia que veía sus actos como un trabajo, deseaba ascender y tener cada vez un puesto de trabajo mejor.

Es por eso que, como dice Arendt, el mal se ha convertido en algo cotidiano, en algo banal. En las sociedades humanas, en las que unos pocos asumen el control y los demás nos dejamos dominar, todos somos Eichmann en potencia, pues seguimos la corriente sin preguntarnos las consecuencias que trae esta corriente. Es esta cotidianidad del mal lo que impregna las distopías de George Orwell y Aldous Huxley, sociedades donde las personas obedecen a un poder que está borrando en ellos todo rastro de humanidad, la misma cotidianidad del mal que impregna algunos aspectos del mundo actual.

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