Siglo XVIII: El océano del conocimiento

por Fran J. Velasco Lozano

El siglo XVIII fue el siglo de la Ilustración. La visión newtoniana de un Universo abierto e infinito, en oposición al universo aristotélico-cristiano, ayudó a desacralizar la naturaleza: la razón sustituyó a la fe como instrumento clave para construir el conocimiento a partir de la experimentación.

Finalizada la revolución científica del siglo anterior, se empezó a buscar un conocimiento más “descriptivo” y menos “prescriptivo”, dando más importancia al cómo funcionan las cosas y no tanta al para qué. Se considera que esta nueva mentalidad nos llevó a un mejor entendimiento (y control) de la naturaleza.

Algunas nociones científicas del siglo XVIII pueden ser vistas como un tanto ridículas si consideramos lo que sabemos (o creemos saber) hoy, sin embargo, esas nociones pertenecen a un contexto histórico y cultural determinado: no debemos olvidar que nosotros también pertenecemos a una época concreta y nociones que hoy damos por ciertas pueden ser consideradas un tanto ridículas en el futuro. La medicina del siglo XVIII, por ejemplo, refleja la importancia del contexto histórico en la ciencia.

Pasados más de dos mil años desde la muerte de Hipócrates, el gran médico de la antigua Grecia, la medicina aún giraba en torno a su teoría: las enfermedades eran producto de un desequilibrio de los cuatro “humores” del cuerpo. No fue hasta el siglo XIX, con la revolución bacteriológica, que se empezó a considerar un agente externo como causante directo de la afección. Sí se creía ya que factores externos, como el agua estancada, podían contribuir a ese “desequilibrio humoral” que padecían los enfermos, los cuales morían casi siempre a causa de las múltiples variantes de “fiebres” o “calenturas”, como las llamaban.

Pese al desconocimiento de las causas que hoy sí conocemos, los médicos del siglo XVIII utilizaban diferentes métodos para conseguir que el cuerpo retomara su “curso natural”: hacer sudar o sangrar a los enfermos, o incluso provocar diarreas; todo para devolver el equilibrio al cuerpo. Para combatir las epidemias se intentaban corregir factores externos. La corrupción del aire, por ejemplo, se intentaba eliminar quemando alquitrán, leña verde o pólvora.

A finales del siglo XVIII, el referente español en epidemiología José Masdevall (¿1725?-1801) empezó a combatir la epidemia de fiebres con unos “bolos” (versión rudimentaria de las actuales cápsulas) llenos de una combinación de quina y antimonio: un procedimiento más similar a la manera actual de tratar las afecciones.

Algo que nos puede parecer hoy tan conocido como las enfermedades, podría en realidad albergar una naturaleza diferente que solo descubriremos cuando avance la tecnología o la técnica. Y es que la medicina también depende del contexto, como opina el historiador asturiano Jon Arrizabalaga:

“Las enfermedades o, si se prefiere, las especies y síndromes morbosos que       etiquetamos como tales, no constituyen entidades naturales transhistóricas (…)  Son, por el   contrario, constructos intelectuales que se articulan en contextos sociales concretos.”

[Jon Arrizabalaga. Nuevas tendencias en la historia de la enfermedad, 2006]

Otros campos de las ciencias naturales empezaban a cambiar su visión del mundo en el siglo XVIII, como es el caso de la química. La tabla de afinidades de Étienne François Geoffroy (1672-1731), conocida como la tabla de “Geoffroy”, fue una primera versión en 1718 de lo que un día sería la tabla periódica y por primera vez se sistematizaron las reacciones y las combinaciones de las diferentes substancias. Con procedimientos específicos, muchos de ellos heredados de la alquimia, la química se separó de la física.

Una de las teorías más importantes de la química del siglo XVIII es la teoría del “flogisto”: una substancia imponderable contenida en los cuerpos que era la causante de que ardieran. Así, se creía que diferentes substancias tenían diferentes cantidades de flogisto y que éste se libera en la combustión, así como en la respiración.

Más tarde, el químico francés Antoine Lavoisier (1743-1794) estudió la calcinación de los metales y vio que al quemarlos aumentaban de peso, un gas ponderable, diferente al supuesto flogisto, se debía fijar al metal. Lavoisier anunció que el flogisto no existía, dando paso al descubrimiento del gas que hoy llamamos oxígeno; cabe decir que, a diferencia de hoy, había mucho desacuerdo en cuanto a la naturaleza de ese nuevo gas.

Lavoisier descubrió también que el agua, considerada un elemento hasta entonces, era en realidad una mezcla de dos gases, estableció los conceptos de “elemento” y “compuesto” y creó una nueva nomenclatura química, la misma formulación que hoy utilizamos al enunciar el agua como H2O.

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Antoine Lavoisier. Imagen de sciencephoto.com
Otro ejemplo de cómo puede variar el saber científico con el paso de las épocas, y de cuán determinante es la cultura, lo encontramos en la clasificación de las especies realizada en Europa durante el siglo XVIII. Con el descubrimiento de nuevas tierras, la cantidad de especies animales, vegetales y minerales conocidas aumentó exponencialmente: el “mundo conocido” se hizo enorme y los científicos tenían que ordenar toda esa información que se acumulaba, así empezó la era de la clasificación.

Surgieron las primeras enciclopedias, como la Ephraim Chambers Cyclopaedia de 1728, que contenían los primeros “mapas del conocimiento”. Los naturalistas de la época, como el británico John Ray (1627-1705) y el sueco Carl von Linné (1707-1778), conocido como Linneo, intentaban clasificar las cada vez más numerosas especies vegetales y animales con diferentes sistemas. Linneo, por ejemplo, creador de la nomenclatura binominal que aún utilizamos al referirnos al ser humano como homo sapiens, se fijó en las flores para clasificar las plantas en 24 especies, según sus órganos masculinos, y en 3 subespecies, según sus órganos femeninos. Al elegir los órganos masculinos antes que los femeninos para hacer su división, Linneo refleja sin pretenderlo el pensamiento de una cultura abiertamente machista.

El conocimiento científico, en constante renovación, depende de las circunstancias propias de cada época y cultura. El filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804) hizo referencia a esta cuestión cuando dijo que no vivimos en una época ilustrada, sino en una época de ilustración. La ilustración del hombre, o en palabras de Kant, la “salida del hombre de su minoría de edad, de la que él mismo es culpable”, es un proceso continuo que se reconstruye en cada generación. No debemos defender con fe ciega lo que hoy se da por sentado, la historia nos muestra que el ser humano siempre ha tenido un peldaño más que escalar y un horizonte nuevo que descubrir a cada paso, en una escalera que parece no tener fin. Como dijo Isaac Newton (1643-1727):

“Solo he sido un niño jugando en la playa, divirtiéndose al encontrar un guijarro más fino o una concha más bonita de lo normal, pero el océano de la verdad se halla inexplorado frente a mí.”

[En Sir David Brewster, Memoirs of the Life, Writings, and Discoveries of Sir Isaac Newton (1855)]

Ahora bien, es importante remarcar que la infinitud del océano no convenció a Isaac Newton de detenerse, siguió buscando conchas en la playa. La ciencia depende del contexto histórico y su empresa consiste en comprender lo inabarcable, pero eso no es motivo para dejar de alimentar nuestra curiosidad, los científicos del siglo XVIII siguieron investigando. Así lo hicieron también los científicos del siglo XIX, cuyos avances revolucionarían las distintas áreas de las ciencias naturales.

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3 comentarios en “Siglo XVIII: El océano del conocimiento

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