La Utopía de Thomas More

por Fran J. Velasco Lozano

Sir_Thomas_More_-_Google_Art_Project
Thomas More. Imagen de Google Art Project

Thomas More, político y escritor, nació en Londres el 7 de febrero de 1478 y realizó su formación académica en Oxford. Fue decapitado el 6 de julio de 1535, tras ser condenado a muerte por Enrique VIII, después de que More rompiera su relación con el monarca y se negara a reconocer su matrimonio con Ana Bolena como legítimo. Desde joven expresó su rechazo a la tiranía; su opinión crítica acerca de la propiedad privada queda reflejada en su obra más influyente, la Utopía.

En Utopía, More nos presenta, como antítesis de la sociedad inglesa, una sociedad “perfecta”, en la que todos sus habitantes son felices y, al no haber propiedad privada y trabajando todos por el bien común, son ricos a pesar de no utilizar el oro con fines comerciales.

El personaje principal se apellida “Hytholodaeo”, en latín: “el que habla tonterías”. Podemos ver aquí la fina ironía con la que More nos insinúa lo que al final de la obra dice de forma más directa: que la república idílica de la que habla, más la desea que la espera; esto apoyaría la lectura “ou-tópica” frente a la “eu-tópica” (Véase  La Quimera de la Perfección I). Raphaël Hytholodaeo habla de la isla de Utopía durante una comida con el cardenal Morton, Raphaël se encontró con esta isla durante uno de sus viajes con Américo Vespucio por mares inexplorados.

Podemos observar en la obra la influencia de Américo Vespucio y, en general, un retrato de la época de More: la de los grandes viajes y el descubrimiento de nuevas tierras. De hecho, algunos intérpretes ven en los indígenas americanos, en cuyas culturas el oro solo es una piedra más, la inspiración de More al crear su sociedad utópica: en Utopía, como veremos, el oro es un metal despreciado.

En el Libro I de la Utopía, el personaje Peter Giles se encuentra con More y le presenta al extraño viajero, la conversación gira en torno a cómo debería ser una sociedad ideal, desatacando los defectos de algunas sociedades y sus flaquezas.

En el Libro II, Raphaël describe la sociedad que encontró en aquella isla que un día fue península. Raphaël describe Utopía con mucho detalle, y así lo trascribe More, pero se avergüenza de no haberle preguntado durante la conversación en qué mar está situada. Aun así, Raphaël ofrece una descripción detallada de la isla, su historia y su organización.

El rey Utopo trajo consigo la civilización, ayudando a los salvajes que allí vivían a ser menos dependientes de la naturaleza. Al principio se trataba de una península, pero Utopo hizo cortar el tramo de tierra que la unía al continente para evitar que la corrupción los alcanzara.

El hecho de que la isla de Utopía fuera separada del continente, parece indicar que More concebía su sociedad ideal como aislada de otras sociedades. Esto recuerda a las posteriores ideas del filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau, que considerará que el ser humano, bueno al nacer, se corrompe al entrar en relación con otros seres humanos.

Con el tiempo, la isla de Utopía, en forma de luna, se llenó de ciudades-estado dirigidas por filarcas y todos los habitantes fueron instruidos en la agricultura. La ciudad más importante de todas es Amaurota, donde se encuentra el consejo de los magistrados, que anualmente elige a los filarcas. Los filarcas, a su vez, eligen por votación secreta al príncipe, que ejercerá el cargo de por vida siempre y cuando no ejerza la tiranía. El resto de cargos son rotativos para evitar la corrupción de los líderes.

Los filarcas deben cuidar del bien común, organizando la repartición de bienes sobrantes de cada casa y encargándose de que cada ciudadano se dedique al arte que mejor sepa realizar. Ahora bien, los ciudadanos son libres de cambiar de oficio si lo desean, para lo cual podrían incluso cambiar de familia. Son libres por tanto de elegir su oficio, pero en aquellos trabajos en los que haya exceso de trabajadores, se organizará un sistema de turnos. Además, si la ciudad necesita realizar más de algunos tipos de trabajo que de otros, por el bien común, los ciudadanos tendrán que hacer un sacrificio y, por turnos, desempeñar aquellos trabajos que sean necesarios, aunque no sean los empleos que hubieran escogido.

Vemos aquí una paradoja al intentar combinar la libertad de elección de empleo con la satisfacción de las necesidades comunitarias: a veces el interés común se impone al interés individual y la supuesta libertad se ve abolida en favor del Estado.

En cuanto al ocio, en la isla de Utopía no están permitidos los juegos de azar, los vicios son repudiados y en su lugar se entrenan las virtudes del alma. No se puede pasar el día sin trabajar, un ciudadano no puede pasar la vida sin aportar algo a la ciudad, aun así, en la isla de Utopía se rechaza la explotación; excepto en el caso de los esclavos.

También había esclavos en la república “perfecta” de Platón. Conociendo el contexto de More, así como el de Platón, se hace comprensible que no contemplaran a los esclavos como ciudadanos con derechos; para un lector actual, un aspecto poco humanitario de estas sociedades supuestamente perfectas.

En Utopía, los únicos exentos del “trabajo manual” (agricultura y todo tipo de artesanías) son los filarcas y aquellos que, siendo elegidos por éstos y por el pueblo, dedicarán su vida al estudio.

La agricultura como oficio común a todos evita la escasez de alimentos, por lo que en pocas ocasiones se producen altercados, pues tienen tanta comida como necesitan. Así como los huertos, los jardines son muy valorados en Utopía y son muy bien cuidados por sus habitantes, los cuales establecen turnos para vivir en unas u otras casas: el sistema de turnos asegura que cada ciudadano disfrute de los jardines el mismo tiempo.

Este énfasis en la igualdad se ve reflejado también en el aspecto y la organización de las ciudades, que poseen las mismas leyes y arquitectura. También sus habitantes reflejan este principio de igualdad, todos visten con ropas idénticas. Este tipo de características superficiales son símbolo de algo mucho más profundo: los habitantes de Utopía han perdido su pluralidad. Es éste un punto a favor de la lectura “ou-tópica”: la sociedad planteada por More, totalmente homogénea, resulta imposible si tenemos en cuenta que el ser humano es plural (Véase La Quimera de la Perfección I).

Aquellos ciudadanos que en Utopía cometen algún delito son condenados, no siguiendo leyes rígidas, sino eligiendo en cada caso el castigo necesario. El peor castigo de todos es la esclavitud, ya que en Utopía no se condena nunca a muerte a los delincuentes, pues sería un desperdicio si se desaprovechara la vida de un hombre capaz de trabajar. Es éste un aspecto utilitarista del pensamiento de More, que entiende a los seres humanos como herramientas que deben ser de alguna utilidad a la comunidad.

En Utopía se hace uso también de mercenarios, pueblos bárbaros que combaten en las guerras a cambio de un puñado de oro, mineral que apenas tiene valor: en la isla de Utopía, el oro se utiliza para poco más que hacer las cadenas de los esclavos. Queda claro que More consideraba el oro como uno de los males que padecían las sociedades de su época; hoy las cadenas de los esclavos estarían hechas del plástico de las tarjetas de crédito, pero la crítica de More sigue vigente.

El sistema de votos está diseñado para que la tiranía sea prácticamente imposible, siendo los ciudadanos los que eligen a los filarcas y demás representantes, los cuales se encargarán de discutir las decisiones políticas. Este sistema pseudo-democrático, teniendo en cuenta el contexto histórico de More, representa una apuesta progresista. No obstante, Utopía no está exenta de jerarquías: cada miembro de un grupo familiar debe obedecer al más anciano de la familia.

Para controlar el exceso de población o su defecto, el número de hijos de cada familia debe estar entre diez y dieciséis. En el caso de que unas familias tengan demasiados hijos, los sobrantes serán adoptados por las familias que tengan pocos; e igualmente entre ciudades, si unas están demasiado pobladas y otras se encuentran escasas de habitantes. Si es la isla en sí la que empieza a tener exceso de población, se enviará una parte de la población a establecer una colonia en el continente.

Al igual que para Aristóteles, para More la finalidad de la ciudad es la felicidad de sus ciudadanos y ésta se consigue incentivando el cultivo de las facultades propias de cada uno, en especial, la contemplación y el cultivo de la razón.

More dedica unas cuantas páginas a despotricar contra aquellos que en los estados se dedican solo a gastar y no a generar bienes, como los nobles y los mendigos. En Utopía, aquel que no quiera trabajar por su cuenta es considerado un criminal por atentar contra el bien común; si insiste en no trabajar, es obligado como esclavo a realizar las tareas más sucias y pesadas.

En las últimas páginas del Libro II, More explica que en la sociedad de la isla de Utopía hasta un simple trabajador puede llegar a ser príncipe si es elegido por el pueblo. Se trata de una república en la que todos sus ciudadanos son felices y en la que la tiranía no ensucia sus leyes: un no-lugar cuya perfección es más deseable que esperable, como dice el propio More.

Utopías y Distopías:

La Quimera de la Perfección I: el género utópico

La Quimera de la Perfección II: el género distópico

Un Mundo Feliz de Aldous Huxley

1984 de George Orwell

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5 comentarios en “La Utopía de Thomas More

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